Ocho

Durante muchos años he creído que no podía darme placer a mi misma. Es como que te acaricien la espalda. Me encanta, puedo estar horas… Pero si me lo hago yo no lo disfruto igual (y no sólo porque no llego a mi espalda).

Sexualmente esos años han sido una pérdida de tiempo y más sabiendo que desde muy pequeña -hablo de seis o siete años- ya jugaba a tocarme. Y me gustaba, lo disfrutaba; de otro modo no lo haría. Pero nunca llegué al orgasmo. Quizá por este motivo, cuando tenía veinte años aún pensaba que era incapaz de provocarme un orgasmo.

En aquella época solía viajar a menudo por motivos profesionales. Aquella vez mi empresa me envió a una ciudad al norte. Eso era lejos de mi casa, pero cerca de otra ciudad donde vivía alguien que conocí hace años y me ha marcado profundamente.

Le llamé. Estábamos en contacto pero no nos habíamos visto en años. Y sabiéndome tan cerca de él no podía dejar de intentar verle. Le llamé y hablamos por teléfono más de una hora, pero muy a mi pesar no pudo venir.

Cuando colgamos sólo le tenía a él en la cabeza y aún en la distancia mi piel estaba impregnada de él. Estaba recostada en la cama, en pijama, e instintivamente mi mano se dirigió hacia mi sexo. Por debajo del pantalón y de las bragas, mis dedos se abrieron camino y se pararon al llegar a su objetivo, posándose sobre esa zona que desprendía tanto calor. Mis dedos empezaron a bucear entre mi vello púbico y se encontraron con mis labios vaginales cerrados uno sobre otro. Los separé con dos dedos y bajo ellos tanteé y me encontré con una cavidad caliente, húmeda, expectante. Alcé las caderas y con la otra mano me bajé el pantalón y las bragas. Liberé mis piernas y apresuradamente las separé, haciendo que mi sexo se abriera más, exponiéndose a lo que hubiera por venir.

Dos dedos seguían allí posados y al notar cómo se abría, se sumergieron en mi vagina, cada vez más húmeda. Entraron profundamente, tantearon en mi interior, y volvieron a salir hasta posarse en mi clítoris. Ahí empezaron a rotar, presionando ligeramente, resbalando suavemente y girando, girando…

Mi espalda se arqueó, mis nalgas subían y apretaban mi sexo contra mi mano. Mi mano a su vez presionaba hacia abajo. Ambos querían más, ninguno quería parar. Las rotaciones iban aumentando de intensidad y velocidad a medida que mi sexo subía y se apretaba más contra mi mano. Mis dedos giraban y giraban, resbalaban y resbalaban. Se hundían de nuevo en mi vagina, profundamente, y volvían a salir aún más húmedos para seguir su trabajo. No tardé en empezar a sentir los primeros latidos. Mi espalda se arqueó aún más y mis nalgas giraban retando a los dedos que exploraban mi interior. Más rápido, más latidos, cada vez más intensos, latidos, latidos… Relax.

Mi corazón latía acelerado, bajé las nalgas y descansé las piernas. Pero mi mano no se movió de donde estaba. Seguí allí, reposando.

Pasaron unos segundos, pocos. Y mi mano comenzó a moverse de nuevo. Dos dedos rotando sobre mi clítoris; dos dedos sumergiéndose en mi vagina, intensamente; dos dedos volviendo a salir, húmedos, y de nuevo rotando sobre mi clítoris. Unas nalgas que se contraen, que se aprietan y van al encuentro de los dedos que exploran mi interior. Rotaciones más intensas, más rápidas. Y de nuevo latidos, latidos, corazón acelerado. Más latidos y… descanso.

Así una y dos veces, y luego la tercera, la cuarta y una quinta. Desfallecida, agotada, adormilada. Pero una sexta y a por la séptima. Tras la octava me dormí, la mano en el sexo.

Durante muchos años me creí incapaz de darme placer. A partir de esa noche comencé a disfrutar del placer a solas.

Story Teller

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